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La historia comenzó un 20 de mayo. Me acuerdo perfectamente, porque es el día que cumple años mi hija Paula. Estaba yo descansando de todo el follón que supone la celebración de un acontecimiento de estas características, (20 niños de entre 9 y 11 años, correteando de aquí para allá y gritando como posesos), cuando de repente noté que algo se movía detrás de mí. Me di la vuelta sorprendido, pues pensaba que estaba solo, y efectivamente allí no había nadie.

Pasado un buen rato, volví a notar de nuevo aquella sensación que confirmaba que algo se estaba paseando impunemente por el salón de casa. Lo primero que pensé es que un ratón intruso pretendía alegremente compartir nuestras vidas y esto, lógicamente, no lo podía permitir. Tendría que poner en movimiento todos mis recursos detectivescos.

Me tendríais que haber visto moviendo los sillones como un loco de un lado para otro, apartando las cortinas y mirando por debajo de las mesas intentando sorprender in fraganti al presunto visitante. Solo me faltaba la lupa y el sombrero de Sherlock Holmes para completar la escena. Pero no hubo manera, la operación ratón había fracasado. ¡Qué bien! Pensé yo, otra vez a descansar, y frotándome las manos volví a tumbarme en el sofá como un sultán. No habrían pasado cinco minutos cuando allí estaba de nuevo aquel dichoso ruidito, pero esta vez más cercano y más claro. Ahora sí que sí:

-¡Te pillé ladronzuelo! -dije girándome rápidamente.

Bueno, lo que había allí delante de mí, no hay palabras para describirlo. ¿algo me había sentado mal?, ¿había perdido el juicio?

-Por favor, no tengas miedo -me dijo de nuevo- Te lo puedo explicar todo.

¡¡Oh no horror!!, ¡¡encima habla!! -pensé yo echándome las manos a la cabeza- Mi primera idea fue salir corriendo, llamar a la policía, a los bomberos, qué se yo, ¡Esto no podía estar pasándome a mí!. Para que os hagáis una idea de con quién estaba jugándome los cuartos, solo tenéis que imaginaros que estáis preparando algo en la cocina y al primer descuido ¡zaca!… la berenjena, la lechuga, un trozo de melón y unas cebollas se juntan tomando vida y formando un extraño ser que además habla, ¡¡que además habla!! Vamos, que ni el mismísimo Pinocho.

Una vez pasado este primer momento y viendo cómo me miraba aquel curioso personaje, pensé que lo mejor sería dejarle hablar. De perdidos al río -pensé yo- Total,  la cosa ya no podía ir peor…

-Está bien, ¿y tú quién eres?
-Óscar, la verdad es que es un poco difícil de explicar y más que de explicar de entender.
-¡Ah, que además sabes mi nombre!
-Pues sí, porque el hecho de que esté aquí no es casual, ¿sabes?, tenía que encontrar a alguien que pudiera entender la historia que te voy a contar y si es posible que nos ayudase. Alguien un poco particular, un poco diferente, en fin, y no te lo tomes a mal, un descerebrado.
-¡Muchas gracias!; o sea, algún subnormal que no saliese corriendo al verte, ¿no es cierto?, porque, ya puestos a echarnos piropos, la verdad es que tú tienes una pinta como para echarse a llorar.
-¡Oooscar!, no te lo tomes a mal, que no van por ahí los tiros, me refiero a que teníamos…
-¿Cómo que teníamos?, ¿Es que hay más?
-Somos cinco, pero si no te importa y me dejas terminar…
-Está bien -dije yo- sigue.
-Pues bien, como te iba diciendo, teníamos que buscar a alguien que nos pudiese entender, alguien con una trayectoria de vida diferente, con un punto de vista un poquito más amplio.
-¿Y por qué me habéis elegido a mí?, ¿cómo habéis dado conmigo?
-El punto de partida lo conseguimos en Valencia. Había que encontrar aquí en Madrid un bar, se dice así ¿no?, bar.
-Sí, sí… se dice así.
-Bueno, pues según esta persona, este bar era un centro neurálgico de raros, y se llamaba “La Ética”, “La Cética”…, ¡ah! ¡no! “La Bética”, ahora me acuerdo, y allí teníamos que preguntar por un tal “Bueno”.
-¿Y disteis con él?
-Por supuesto, por algo soy, y así de paso me presento, el inspector Berenjeno.

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-Encantado -respondí yo.
-Pues después de hablar largo y tendido con el “Bueno”, (que casi se muere al vernos) la única persona que se le ocurría que pudiese ayudarnos era un locuelo que vivía ahí abajo, por la zona de los chaléts que se llamaba Óscar, Óscar el Patillas, otro más raro no se le ocurría. Y aquí estoy.
-¿Y en qué se supone que puedo ayudaros?
-Pues todo esto viene de una larga historia, que si tienes tiempo y haces el favor de escucharme, te la cuento y luego tú decides.

La verdad es que tenía toda la tarde por delante. Mi mujer y mis hijos habían ido a casa de tía Nines y tío Germán para que felicitasen a la niña, pues siendo su cumpleaños todavía no la habían visto y además, y esto es lo más importante, una vez pasada la primera impresión sentía cierta curiosidad por escuchar lo que aquel ser tan singular quería relatarme.

Y esta es la historia que me contó…

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