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Mientras el equipo policial sacaba de allí todas las pruebas incriminatorias, el inspector se dirigió a nosotros agradeciendonos la ayuda prestada:

-No saben cuánto les agradezco lo que han hecho por nosotros, llevábamos mucho tiempo detrás de estos gandules. La verdad es que sin las informaciones que nos han ido mandando y esta última llamada hubiese sido imposible cogerles.
-Perdone inspector, pero no se a que informaciones ni a que llamadas se refiere.
-¿Ah, pero que no han sido ustedes?, entonces… ¿Quién ha sido?

En ese momento se oyeron unas toses detrás de nosotros y una voz que decía:

-Disculpen, hemos sido nosotros.
-¡Dios mío, pero qué es esto¡ -dijo el inspector.

A nosotros no nos sorprendió tanto puesto que ya estábamos acostumbrados, pero allí delante de nosotros, dos nuevos seres de la raza de Berenjeno y compañía se presentaban ante nosotros para explicarnos lo sucedido. Antes eso sí, con nuestra ayuda, tuvimos que poner al día al señor inspector; más que nada para que sufriese un desmayo.

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-Bueno, vamos a presentarnos: somos los hermanos Rubio, y tú debes ser Óscar ¿no es así?
-¿Y como lo sabéis?
-Porque sólo nos faltaba el último eslabón para poder contactar con vosotros.

Y nos explicó lo sucedido:

-La noche que vinimos a este mundo, (por decirlo de alguna manera), salimos de aquel contenedor y lo primero que hicimos fue buscar un sitio donde cobijarnos. Al llegar a esta fábrica, nos llevamos una gran sorpresa cuando nos dimos cuenta de que otros seres de nuestra especie se nos habían adelantado. En un principio pensamos presentarnos inmediatamente ante nuestros compañeros, pero decidirnos ser cautos y dejar pasar algo de tiempo. La mala suerte se cebó con nosotros, pues decidieron marcharse la noche siguiente. Hemos ido siguiendo su rastro y como consecuencia también el vuestro, pero nada, ¡no había manera! Lo último que se nos ocurrió gracias a toda esta tecnología punta de Don Ricardo, fue controlar tu correo electrónico, Óscar, y de esa manera supimos de vuestra venida.
-¡Fantástico!, ¡fantástico! ¡Desde luego ésto es increíble! Yo pensaba que en mi carrera de policía ya lo había visto todo, pero veo que me había equivocado -comentó el inspector.
-En todo este tiempo -continuaron los hermanos- hemos ido metiendo la nariz por aquí y por allá y gracias a sus escucha y micrófonos de seguridad por fin logramos grabar todos sus planes en estas cintas. Me imagino que les serán de gran utilidad inspector.
-De inestimable utilidad -contestó éste, agradecido.
-En ellas podrán ver que este lugar es, o mejor dicho era, una fábrica clandestina de investigación genética. Antes de empezar con seres humanos, decidieron comenzar por el mundo vegetal y en un principio, dentro de ser prácticas prohibidas todo estaba más o menos bajo control. Pero aquí es donde intervino don Ricardo, que queriendo ir más allá y sin el consentimiento del resto del equipo, introdujo unas pequeñas variantes con genes humanos. Pasado un tiempo, la investigación se les empezó a ir de las manos y don Ricardo, asustado, decidió dejar su particular experimento ordenando tirar todos los productos usados al famoso contenedor. Lo que no se imaginaba, es que con su intervención o sin ella, el proceso iba a continuar por sí sólo, y aquí estamos nosotros, unos extraños seres tratando de adaptarnos a nuestro entorno de la mejor forma posible. La única ventaja, si se puede llamar así, es que por cuestiones hereditarias aprendemos a una enorme velocidad. Incluso disfrutamos de algunos conocimientos sin tan siquiera haberlos adquirido. Mi pregunta es si envejeceremos también a la misma velocidad.

Una vez oído esta explicación, el inspector nos pidió que por favor le acompañásemos a comisaría para para cumplimentar la parte burocrática del asunto y así de paso dar por terminado el caso. Después de despedirnos de nuestro querido amigo don Ricardo, deseándole lógicamente lo peor, llamé de nuevo a casa para dar el parte de los últimos acontecimientos. He de reconocer, que con cierta maldad, me guardé el dato de la existencia de nuestros dos nuevos compañeros para darle así más emoción al asunto.

La llegada a casa estuvo a la altura de lo deseado y allí estaban todos con una pancarta de bienvenida incluida. Después de los abrazos de rigor, llegó el momento del plato fuerte.

-Johnny, ¿te acuerdas de que en la fábrica a Manzaneque le pareció ver a alguien mirando por la ventana?
-Sí, claro que me acuerdo. Sus típicas paranoias -contestó éste con aire burlón.
-Pues bien, aquí los tenéis.

No os podéis imaginar la cara que pusieron al verse. Ahora, con tranquilidad, fueron los propios protagonistas los que les contaron con pelos y señales todo lo sucedido lamentándose de no haber coincidido antes. Finalmente decidimos celebrar aquel encuentro con una gran comilona, que por cierto, tuve que hacer yo; desgraciadamente las artes culinarias no entraban dentro de los conocimientos por arte de magia de nuestros queridos amigos.

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