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Nada más despertarnos y después de una buena ducha, bajamos a desayunar rápidamente pues estábamos deseando llegar de nuevo al lugar de los hechos. Conocer ya el camino nos facilitó bastante las cosas y allí estábamos de nuevo frente al telefonillo.

-¿Sí?
-Hola, buenos días. ¿Bruno Solari por favor?
-Sí, soy yo. ¿Son ustedes la pareja de ayer?
-Efectivamente.
-Bajo a abrirles.

De nuevo tardaban más de lo necesario, seguro que esto formaba parte de una estrategia para ponernos nerviosos. Por fin, la puerta se abrió.

-Perdonen, es que con tanta escalera…
-No se preocupe, si ya empezamos a acostumbrarnos -contesté irónicamente.
-Pasen, pasen, el señor Souto está esperándoles.

Pasamos a un gran y lujoso despacho que sin duda estaba fuera de lugar para lo que era todo aquello. Tres matones salidos de la misma película que Bruno Solari, estaban allí custodiando un sillón giratorio que hasta el momento permanecía de espaldas a nosotros. Pasados un par de minutos, empezó el mismo a girarse dejándonos ver al famoso don Ricardo Souto, que por su atuendo era evidentemente el director del film.

-Buenos días señores.
-Hola, buenos días -contestamos al unísono mi mujer y yo.
-Tengo entendido que están ustedes interesados en nuestros productos, pero que por lo visto no pueden citarnos la fuente de su información, ¿no es así?
-Sí, así es. Si lo recordáramos no habría ningún problema -comenté yo -pero con esto de la edad…
-Entiendo. Veo que ha sufrido usted un pequeño accidente en el brazo ¿que le ha pasado?
-Nada, una tontería. Me enganché con la puerta al salir del coche. Las prisas… que no traen nada bueno.
-Con todo esto que me están contando ustedes deben de pensar que soy tonto ¿verdad?
-¿Tonto?, No hombre no -contesté sorprendido.
-Hablemos claro -dijo don Ricardo a la vez que sacaba un revólver de su chaqueta- el jueguecito ha terminado. Lleváoslos y dadles un paseo por nuestro bonito jardín. Ya sabéis lo que tenéis que hacer.

Era evidente que nuestro final había llegado. De momento, lo único que se me ocurrió fue ganar un poco de tiempo para ver si mientras tanto se nos ocurría algo.

-Don Ricardo, ya que usted ha hablado claro vamos a hablar claro todos. No pensará usted que hemos venido solos ¿verdad?

Don Ricardo y el resto del grupo se quedaron quietos mirándose entre ellos sin saber si creérselo o no.

-¿Martínez, estas seguro de que no ha entrado nadie más?.
-Completamente seguro señor, con el nuevo sistema esto es imposible.
-Ya han oído amigos, no ha entrado nadie más. Seguramente sus amistades han pensado que estaban mejor en casa -contestó don Ricardo riéndose.

Ahora si que era el fin, ya no se me ocurría nada más que hacer o decir para perder más tiempo. Solo un milagro podía salvarnos.

¡Y todo sucedió en un instante!

Un enorme cuerpo atravesó la ventana rompiendo los cristales a la vez que caía la puerta derribada por un contundente golpe . Aquello parecía el fin del mundo.

-¡ALTO! ¡POLICÍA! ¡¡ARRIBA LAS MANOS!!

Aquellas palabras me sonaron a gloria. Mi mujer, se abrazó a mi llorando con un pequeño ataque de nervios, sabiendo todo había terminado.

-¿Están ustedes bien? -comentó el policía dirigiéndose a nosotros.
-Nunca me he encontrado mejor, señor -contesté con alivio.
-¡Quiero que venga mi abogado! -reclamó de repente don Ricardo- ¿Tienen una orden de registro?, como no sea así se les va a caer el pelo.
-¡Por favor! ¡registren el sótano! -le comenté al Inspector- seguro que allí encontrarán lo que buscan.
¿El sótano?, aquí no hay ningún sótano -intervino don Ricardo riéndose de nuevo.

Y efectivamente, allí no había ningún sótano.

El mundo se nos cayó encima, ¿cómo era posible? Las cosas se complicaban y teníamos poco tiempo para descifrar aquél misterioso jeroglífico. La última posibilidad era llamar a casa por si nuestros amigos supiesen algo.

-¿Si?
-¡Hola hija!, ¡soy papi!, ¡rápido, pásame a Berenjeno!

En pocas palabras le expliqué lo sucedido y éste, excitado, se puso a contárselo al resto para ver si alguno podía recordar algo.

-Óscar, me dice Rarito, que le pareció extraño que en el centro de la sala, hubiese un enorme mueble sin aparente utilidad. Según él, quitaba mucho espació y allí no parecía que sobrase.
-Gracias Berenjeno, os mantendré informados.
-¡Senor! -grité dirigiendome al inspector- creo que en aquel mueble grande del centro, puede estar la clave. Tenemos que moverlo.
-Inspector -intervino de nuevo don Ricardo-¿sabe lo que puede pasarle si mueve todo esto sin una orden de registro, y no encuentra nada?

Estaba claro que aquel elemento mafioso estaba acostumbrado a jugar en estos términos, pues se movía como pez en al agua ante aquella situación. El Inspector se quedó pensativo pues sabía que en el fondo que tenía razón y se estaba jugando el puesto. Tras unos instantes de meditación…

-¡Moved ese mueble! ¡vamos!, ¡inmediatamente! –gritó el inspector.

La operación fué más complicada de lo que parecía pues aquel dichoso mueble pesaba lo indecible y ya no sabíamos que hacer para quitarlo de allí. De repente una brillante idea acudió a mí y cogiendo una pequeña grúa situada al fondo de la nave grité:

-¡¡AL ATAQUEEE!!

El Inspector se quedó asombrado de mi efectividad, pues aquél bloque saltó hecho añicos y no fue eso lo mejor, si no que allí, efectivamente, había una trampilla para acceder al sótano.

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