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Mientras tanto, Berenjeno trataba de evitar que los periodistas pasasen hasta la habitación, cosa harto difícil, mientras el resto esperábamos que trajesen a Belén de vuelta para darle la enhorabuena y de paso presentarle a su nueva hija. Durante la espera caí en la cuenta de que nuestros amigos, siendo ahora famosos y adinerados, harían lo más lógico, o sea, irse a vivir a una nueva casa donde poder hacer su propia vida. En ese momento, un montón de imágenes todas ellas entremezcladas, me vinieron la cabeza como un torbellino: el día que nos conocimos, cuando vieron la casita de muñecas, los juegos con Coqui, la Operación Colegio, la investigación final, el juicio… en fin, tantas y tantas cosas que habíamos vivido juntos. Pero era ley de vida.

-Bueno, aquí tienen a la protagonista -dijo el camillero que traía a Belén al cuarto- procuren no marearla demasiado.
-Hola cariño que tal -le dije a mi mujer a la vez que le enseñaba a la niña.
– ¡Que bonita!, ven, déjamela.

Y con toda soltura, dada su experiencia, se la puso en su pecho donde ésta parecía estar muy cómoda.

-¡Bueno! ¡y ahora! ¡la foto de familia! -comentó un periodista organizándonos a todos en grupo- ¡Mirando al pajaritoooo!

Nos pusimos todos juntos y nos hicimos una bonita foto que si alguna vez venís a casa la veréis sobre la chimenea; siempre que la miro me trae gratos recuerdos. Aprovechando el momento, Berenjeno me cogió de un brazo para apartarme un poco del grupo y así poder comentarme algo:

-Óscar, hemos estado hablando entre nosotros y quiero decirte algo.
-No hace falta Berenjeno, ya se lo que me vas a decir.
-¿Y desde cuando eres adivino?
-Es que yo también he estado pensando y me imagino por donde van los tiros. Pero dime, dime.
-Como bien sabes, ahora, con nuestras nuevas obligaciones -continuó Berenjeno con voz grave- vamos a tener que viajar mucho de aquí para allá, y esto va a hacer que estemos poco tiempo en Madrid. Habíamos pensado en alquilar una casa, pero las pocas que hemos visto no nos hacen ninguna gracia. Tú me entiendes verdad… son tan poco acogedoras. Bueno, en pocas palabras, que si podemos seguir viviendo una temporadita en tu casa.

Una sonrisa de lado a lado, un efusivo abrazo y un ¡viva! por parte de mis hijos, que habían escuchado todo, sirvieron de respuesta.

Berenjeno con evidente cara de satisfacción, aunque sin demasiados aspavientos (un detective nunca debe mostrar sus sentimientos) aprovechó también para decirme que tenían que irse. Debían ultimar los últimos detalles con Greenpeace para firmar sus contratos y ademas, éstos, les habían regalado un viaje a cada uno al lugar el mundo que quisieran con lo que tardaríamos un buen tiempo en volver a vernos. Mi mujer, ajena a todo lo que estaba ocurriendo, dormía de nuevo felizmente aún bajo los efectos de la anestesia. Seguro que se alegraría de todo lo sucedido cuando se lo contase.

-¡Bueno chicos! ¡que os lo paseis bien! -comenté a modo de despedida.
-¡Igualmente! -Contestó Johnny -¡cuidaros mucho! ¡Ya os traeremos algunos regalitos!

Y con las manos todavía diciendo adiós, desaparecieron por el pasillo…

-¡Óscar!, ¡perdona un momento! gritó de repente Sandy que volvía corriendo hacia mi.
-¿Pasa algo? -le pregunte.
-Tengo que pedirte un favor.
-Dime, lo que esté en mi mano.
-Ya sabes que durante todo este tiempo, he estado tomando notas de todo lo que sucedía y después de ordenarlas, y revisarlas a fondo, éste es el resultado.

Me enseño un manuscrito bastante grueso y un poco amarillento, aunque bien ordenado eso sí, y después me lo entregó.

-A mí, seguramente no me harían mucho caso. Además, todavía no se escribir suficientemente bien. Pero he pensado, que a lo mejor tú, con todos estos datos mas lo que puedas aportar personalmente, podrías hacerlo por mí.
-De eso nada -contesté de forma contundente- lo has escrito tú y lo publicas tú. Otra cosa es que te ayude a contactar con algún editor… En eso no habría ningún problema.
-Gracias-contestó ésta con lágrimas en los ojos.

Y acercándose a mí me dio un beso.

-¿Y Por cierto… y con qué nombre lo vas a firmar? -pregunté yo incrédulo.
-Pues Sandy, ¿con cuál va a ser? -respondió ésta no entendiendo bien a que me refería.
-Pero Sandy qué. Hace falta un apellido. En ese momento, sonaron los altavoces del hospital:

¡Doctor Ramírez!, ¡Doctor Ramírez! ¡acuda inmediatamente a quirófano!. ¡Doctor Ramírez!…

Los dos nos miramos y sonreímos. No hubo que decir nada más.

Fin

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