El otro día viendo la televisión -uno también tiene defectos- me quedé sorprendido oyendo un concierto de piano por la maravillosa técnica del concertista y su no menos impecable interpretación. Después del mismo, la presentadora del programa entrevistó al protagonista, y entre una de las muchas preguntas que le hizo, hubo una que me dejó bastante perplejo:

-¿Y cuánto tiempo le dedicas diariamente al estudio del instrumento?

-Pues entre seis y ocho horas, dependiendo del día.

Como digo, después de oír esto, me quedé pensando largo y tendido sobre el hecho de que si dedicarle seis u ocho horas a un instrumento, o a cualquier otra cosa, era algo normal; desde luego para mí no.

Ya sé que lo común es admirar el esfuerzo denodado de una persona para conseguir una meta, y que al final, a base de horas de esfuerzo y sacrificio la consiga, pero… ¿Es realmente necesario llegar a ese grado de perfeccionismo aún a costa de ignorar por falta de tiempo el resto de las cosas? Lo imperfecto, forma parte de lo humano y por lo tanto tenemos que aceptarlo. En más de un concierto de Jazz al que he asistido, el intérprete a cometido algún pequeño error y no por ello ha pasado nada, al contrario, puede que incluso haya ganado en expresividad.

Hagamos las cosas no por ser los primeros, los más rápidos, los más listos, sino por amor al arte. Por el placer de hacerlo. Los manicomios están llenos de gente que se pasan día y noche repitiendo una misma frase o un mismo movimiento. ¿Son éstos, virtuosos de dichos actos…o simplemente maníacos?

Que no nos engañen, que en la vida hay una gran diversidad de cosas por hacer y para ser un especialista en algo tampoco son necesarias tantas horas; eso son… manías.

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