Si en una pequeñísima población, pongamos para exagerar de diez habitantes, el panadero se casa con la hija del cartero, el tabernero con Faustina y Olegaria con Paquito el cabrero ¿Cómo podéis seguir pensando en la tontería de la MEDIA NARANJA?

Está claro que el querer, más que ser una elección, es una necesidad que nos crearon desde que éramos bebés; todas esas atenciones, todo ese cariño que nos dieron nuestros padres, lógicamente enganchan.

Pasado el tiempo, cediste un poco en este primer estadío a cambio del amor por los amigos, el cual a su vez retrocedió unos pasos en cuanto encontraste tu MEDIA NARANJA; ¡que bonito es el amor!

Cuando el amor de tu vida empieza a renquear (cosa que tarde o temprano ocurre) tiras de nuevo de los amigos, es decir, de lo que hay, con la excusa de que estos son para siempre. Y al final acabas dándote cuenta de que el único amigo que tienes, y por lo tanto, el único que realmente te quiere eres tú. Pero para entonces ya es demasiado tarde.

Algo parecido ocurre con los regalos ¿Por qué regalas, por alegrar a quien regalas o por satisfacerte a ti mismo? (yo sinceramente apuesto por lo segundo) Pues bien, con el amor pasa lo mismo. Si te fijas, lo que buscamos en el fondo en la otra persona es un espejo para poder desarrollarnos, alguien que nos diga una y otra vez lo guapos, lo inteligentes y lo buenos que somos y nos dé una palmadita en el hombro en los malos momentos. El tema de la soledad, que también ayuda a encontrar nuestro medio cítrico, lo dejaremos para otro momento.

En definitiva, yo lo que os recomendaría, es que si encontráis vuestra media naranja, no lo dudéis ni un segundo, buscad la otra media y comérosla. Lo demás es tontería.

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