El otro día estuve en una tienda del futuro, es decir, en la verdulería comprando zanahorias. Parece mentira que un alimento en un principio tan sencillo pueda tener unas propiedades tan increíbles. Es verdad que cuando están en su caja, en la nevera o en cualquier otro lugar fuera de tu alcance pierden fuerza, pero cuando te colocan el adaptador con la caña y el producto colgando delante de los ojos la cosa cambia.

La primera vez que me lo pusieron (al principio molesta pero luego te acostumbras) me dijeron que si no estudiaba no llegaría a ningún sitio y tras matarme a empollar como un loco, pude verme en el futuro siendo un gran profesional y consiguiendo todo tipo de premios y reconocimientos.

Pero la cosa no cuajó.

Soñé también en muchas ocasiones con ser un gran futbolista. Muchos días de entrenamiento y duros partidos se sucedieron sin descanso pero…

No.

Más adelante pude ver a través de la bola de cristal como me convertía en un famoso músico de rock y vivía en un maravilloso chalet con piscina junto a bellas chicas merodeando a mí alrededor. ¡La dolce vita!

Y tampoco ocurrió.

Cuando por fin me había hecho a la idea de que lo que tenía delante era lo que había, y la hortaliza había dejado de hacer su efecto, muy hábilmente alguien dio un giro de 45 grados a la caña que la sujetaba y ¡zas!, llegaron los niños. Sangre de mi sangre sí señor; otra vez tenía algo por lo que luchar.

Está claro que La vida pasa mientras uno visualiza su futuro y encuentra mil escusas para aguantar el tirón. Los niños crecerán y con su propia zanahoria lucharán por su vida, tendrán sus propios hijos, caerán en sus propias trampas y el río continuará su curso. Lo curioso del caso, es que cuando te das cuenta de cómo funciona el tema, tratas de trasmitírselo a lo demás (por eso de no tropezar dos veces en la misma piedra) y te propones vivir tan solo el día a día, llegan los nuevos reclutas con sus  zanahorias frescas y relucientes.

Joder, no sé quién mueve la caña… pero que bien lo hace.

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