Esta mañana, yendo con mi hija al centro, un desaforado conductor se ha acordado de mi familia debido a un pequeño movimiento mal realizado (mea culpa) y por lo desmedido de su reacción inmediatamente he pensado:

¡Cómo es la gente!

No habrían pasado cuatro horas de lo anteriormente relatado, cuando un servidor se ha puesto como un energúmeno con otro conciudadano por no respetar el paso de cebra por el que su alteza (o sea yo) iba a pasar, llamándole de todo y haciéndole todo tipo de gestos fácilmente imaginables.

Tras soltar los últimos improperios, inmediatamente he caído en la cuenta, obra de una iluminación espontánea, de que realmente el concepto “la gente” es simplemente una forma engañosa de proteger nuestra intimidad frente a la masa. Una forma de pensar simplemente que somos distintos y por supuesto mejores que el resto de los ciudadanos.

Si nos observamos a lo largo de un día, veremos que cualquiera de nosotros tenemos diferentes momentos dependiendo de mil factores tanto internos (estado de ánimo, físico, etc.) como externos (trabajo, conflictos de pareja, etc.) lo cual quiere decir que no es que los demás frente a un hecho al azar sean peores o mejores que nosotros, simplemente que en ese momento se encuentran en un punto distinto de su ciclo diario personal.

Una vez observado todo esto, si utilizamos nuestra inteligencia y por su puesto la lógica, el camino te lleva a un sólo lugar:

Nosotros mismos somos “la gente”.

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