Y yo que pensaba que era el único… Pues no, no lo era. Y cuando digo el único, me refiero a que todas las cosas que en mi niñez y juventud hice, ahora, con el paso del tiempo, reparo de nuevo en ellas y me doy cuenta de que ninguna era algo realmente mío, algo exclusivo.

Si comenzamos por la niñez, me veréis de pequeño jugando al fútbol y haciendo los mismos gestos y movimientos que mis admirados ídolos, los cuáles, como no, los copiaron a su vez de los suyos.

Si nos adelantamos un poco en el tiempo, podréis verme cerca ya de la veintena con mis ideas libertarias y tratando de cambiar el mundo. Todo esto pensando lógicamente que era, si no único, por lo menos especial.

Y ya, si avanzamos todavía un poco más,  y esto empieza a producirme vértigo, me veréis casándome (que no una, si no dos veces), teniendo hijos, hipoteca, casa, coche, perro… en fin, que os voy a contar… uno más del montón.

Esto, os lo estoy contando, porque ahora, visto todo esto con una cierta distancia y con una mayor experiencia, me hace pensar que somos una raza bastante limitadita, que repite de forma precisa una y mil veces las mismas consignas preestablecidas. Sólo tenemos que observar  a los bebés como avanzan en su aprendizaje (a base lógicamente de copiar a los adultos) para darnos cuenta del asunto.

Cambios por supuesto que los hay, pero muy pequeños, demasiado pequeños diría yo. Porque, incluso, cuando ocurre el caso de gente que se aleja realmente de la línea común, el resto de la sociedad, no sé si por miedo a lo desconocido o por su tendencia natural a la estandarización, enseguida se encarga de ponerlo otra vez en su sitio, o sea, en el mismo que al resto.

La verdad, es que cuando veo últimamente todos estos casos de mimetismo descarado y descarnado, empiezo a avergonzarme un poco de ésta mi particular raza, dándome cuenta de que pese a lo que queramos creer, no somos más que…

Monitos.

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