“Que chaval tan correcto y que buenos modales… Así da gusto”

Esto es sin duda lo que cualquiera de nosotros diría si se encontrase ante un niño bien educado y que respondiese de forma obediente a los entramados sociales establecidos. Pero la cuestión es, hasta qué punto esto es estar bien educado o simplemente sometido.

Lavarse las manos antes de comer, no apoyar los codos en la mesa, no hablar con la boca llena y otros veinte mil códigos de comportamiento establecidos a lo largo de siglos de condicionamiento, son efectivamente una forma muy eficiente de castrar nuestros instintos naturales. Ya sé que muchos de vosotros diréis que precisamente eso es lo que nos diferencia de los animales, pero viendo lo que somos y hacia donde nos dirigimos, casi preferiría ser uno de ellos.

Dadas las circunstancias actuales y los tiempos que corren, estos últimos años he recibido en mi casa a innumerables jóvenes de nuestra querida Comunidad Económica Europea, y algunos de los comentarios habituales han sido, el exceso de gritos, la televisión muy alta e incluso un innecesario e incesante movimiento de gente por casa como prueba de una dudosa educación. Y qué queréis que os diga, lo que yo no quiero es estar muerto en vida, sin expresión alguna, sin alegría, sin intensidad física ni psíquica y todo el día con cara de póquer. Pero no os preocupéis, que hacia ese lugar nos dirigimos.

La cuestión ahora es dilucidar si la educación es algo realmente positivo y por otro lado necesario, o simplemente uno de los muchos condicionamientos a los que sin preguntarnos por qué estamos ancestralmente sometidos. Si la respuesta es esto último, yo sin dudarlo un momento digo:

¡A la mierda la educación!

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