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Una vez de nuevo en el hotel, Belén y yo seguíamos dándole vueltas una y otra vez a la conversación mantenida buscando algo, alguna pista de donde tirar del hilo; la cuestión no era para menos.

-Óscar, ¿me permites una sugerencia?
-Claro que sí, dime.
-No hemos pensado en lo más lógico: llamar a Antonio y que por favor investigue al tal Bruno Solari.
-¡Muy bien Belén, muy bien!, ¡Fantástica idea!

Y de nuevo Antonio al aparato:

-¿Que tal muchachos, como lo lleváis?
-Todavía vivos amigo, todavía vivos. ¿Y tú qué, sigues por la labor?
-Sí, claro que sí, aquí estoy para lo que queráis.
-Pues apunta este nombre: Bruno Solari
-¿Que es, un jugador de fútbol?
-No creo, pero si lo fuese seguro que jugaría en el Nápoles. Averigua por favor todo lo que puedas sobre él y  mándamelo a la misma dirección, llevo el portátil.
-Tranquilo señor, sus deseos son órdenes para mí.

Unos golpes en la puerta pusieron fin a aquella conversación. 

En un principio pensamos que sería alguien del servicio del hotel, pero la sorpresa fue mayúscula cuando abrimos y allí no había nadie. Bueno, casi nadie, pues vimos de refilón dos pequeñas formas rojas desapareciendo a toda velocidad por el fondo del pasillo.

-Si no fuese porque nuestros amigos estaban en Madrid, pensaría que un par de ellos nos habían querido gastar una broma- comenté yo.
-Y de las buenas- contestó Belén.

Al final, lo único claro de todo aquello fue un sobre en el suelo sin remitente alguno y dirigido a mí que decía:

LA CLAVE ESTÁ EN EL SÓTANO

-La clave está en el sótano -repetí yo- ¿Qué será esto?
-Desde luego no es normal- comentó mi mujer atemorizada.
-Además, esto significa que hay mas gente metida en este asunto -dije sorprendido- ¿Qué te parece si esta noche despues de cenar nos damos un paseito por la fábrica? no se por qué, pero creo que a lo mejor sacamos alguna conclusión.
-Por mí perfecto -replicó ella.

Después de una romántica cena en el hotel, partimos los dos de nuevo hacia la zona en cuestión pensando en todo lo ocurrido en esta última jornada y especialmente lo de la notita: “La clave está en el sótano” En el sótano, sí. ¿Pero de dónde?

Cuando quisimos darnos cuenta estábamos de nuevo en la puerta de aquel lugar. Todo parecía en orden y tal vez me había pasado un poco con mis intuiciones detectivescas. Al final va a ser verdad eso de  “todo se pega menos la hermosura” y es que en este sentido Berenjeno estaba influyendo mucho sobre mí.

-Belén, no te muevas, voy un momento a dar una vueltecita alrededor de todo esto por si veo algo interesante.
-Ten cuidado cariño.
-No te preocupes, lo tendré.

Comencé a dar la vuelta anunciada y allí parecía que no pasaba nada. Una vez en la parte posterior de la casa, pude ver el famoso contenedor del que en un principio habían partido nuestros amigos y pense que a ellos también les hubiera gustado estar allí.  ¡De repente, algo llamó mi atención! Justo en la ventana que tenía enfrente pude ver una luz, sin duda procedente de una linterna, que deambulaba de aquí para allá sin rumbo fijo, era como si estuviesen buscando algo. Desgraciadamente no tardé mucho en averiguar lo que era. ¡El objetivo era yo!

Un perro de enormes dimensiones se avalanzó sobre mí, y yo, zarandeándale y dándole patadas traté de quitarmelo de encima como pude. En vista de que no era posible, y con éste todavía enganchado en mi brazo, llegué como pude hasta donde se encontraba mi mujer que viendo lo sucedido y con muy buen criterio, le atizó buen mamporrazo con el gato del coche. Arrancamos y salimos disparados de allí; sin duda, esta era una de las pocas ocasiones en que un gato había podido con un perro de estas características. 

-Otra como ésta y nace la niña -comentó Belén asustada.

Una vez llegamos al hotel, doblé mil abrigo sobre el brazo maltrecho para no tener que dar explicaciones en recepción, y ya en la habitación y con las heridas bien lavadas, abrí el portátil para ver si había alguna novedad.

-¡Belén tenemos un e-mail de Antonio!
-¿Y qué dice?
-Espera, lo estoy abriendo.

Decía lo siguiente:
“Queridos amigos he estado investigando todo lo posible sobre el tal Bruno Solari, incluso a través de una empresa de búsqueda de desaparecidos, y la conclusión unánime es que este tipo no existe. Ahora más que nunca os ruego tengais cuidado. ¡Suerte!”

Era tarde y estábamos cansados. Nos tumbamos en la cama y hablando de todo lo sucedido decidimos que lo mejor sería no informar de ello en casa para no preocuparles. Los ojos se me cerraban y pensé: “Mañana será otro día”.

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