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El tráfico era más fluido de lo esperado y ahí estábamos mi mujer y yo con la melena al viento, escuchando viejas canciones de nuestra no tan lejana juventud. Mientras conducía, de vez en cuando me venía a la cabeza el asunto que nos traíamos entre manos y me preguntaba si realmente habría algo raro detrás del mismo. No había querido darle demasiada importancia a los comentarios de Berenjeno, pues sabía que con él todo era posible, pero éstos, sumados a los de Antonio, empezaban a darme una cierta intranquilidad.

-¿En qué piensas cariño? -preguntó mi mujer.
-No en nada… que espero que este asunto no se nos complique más de la cuenta, con estos últimos acontecimientos empiezo a estar un poco preocupado.
-Tranquilo hombre, -contestó ésta mientras apoyaba su cabeza sobre mi hombro- que todo va a salir bien. Unos días para nosotros, un caso por solucionar… En fin, que más se puede pedir. Y seguimos nuestro camino hablando y hablando de esas cosas que uno no puede hacer normalmente por falta de tiempo, cuando de repente Belén llamó mi atención señalando al frente; Valencia empezaba a despuntar por el horizonte mientras la noche caía ya sobre nosotros sin ningún miramiento. Esto me hizo pensar que a pocos kilómetros, un viejo conocido, el hotel Rivera, seguro que estaría encantado de recibirnos.

Y así fue. Tras los saludos de rigor con el director, una cena ligera y la correspondiente llamada a casa, nos recluimos mi mujer y yo en la habitacion haciendo conjeturas sobre los posibles finales de esta historia y también por qué no, sobre el nombre de nuestra futura hija; en este último punto no estábamos tan de acuerdo. Cuando quisimos darnos cuenta, seguíamos conversando pero ya cada uno inmerso en su propio sueño.

Despertar por la mañana fue una experiencia única, ya que desayunar acompañado por aquellos campos de naranjos con ese olor tan característico, era algo fantástico; sólo por esto ya casi habría merecido la pena el viaje. Ahora sólo faltaba que el resto del día fuese a la par.

-Bueno Osquitar ¿y cual es el orden del día? -preguntó mi mujer.
-Pues está claro que ir a visitar la zona cero. Entrar allí, ver todo aquello y averiguar lo que podamos -contesté yo.
-¡Ah, ya entiendo!, nos presentamos allí, decimos que venimos a investigarles porque tenemos ciertas sospechas sobre ellos y que aunque no tenemos acreditación alguna, vamos a intentar entrar de todas formas. ¡Cariño!, haz el favor de poner los pies sobre la tierra.
-Está bien mujer, lo siento…
-Yo haría lo siguiente-continuó ésta- nos presentamos allí con la excusa de que estamos interesados en utilizar sus productos para nuestras tierras, ya que alguien nos habló muy bien de éstos, y que por eso nos gustaría conocerles personalmente. De esta manera ya tenemos una buena escusa para entrar.
-Bueeeno, me parece bien. Aunque te digo una cosa… Eso ya lo había pensado yo.
-Ya lo sabía hombre, si ya me lo había imaginado… -concluyó ella con cara de resignación.

Y con esta idea en mente partimos hacia el lugar de los hechos. 

Encontrarlo no fue tan fácil como en un principio parecía, cosa que nos extrañó. Una fábrica de estas características y en esa zona… Pues nada, nadie conocía aquel lugar. Me vino de nuevo a la cabeza la frase de Antonio advirtiendome sobre el secretismo de este caso y todo coincidía. Era como si un oculto pacto entre toda aquella gente formase una barrera casi infranqueable, lo que me hizo ver claramente que detrás de todo aquello había también un motivo económico.

-Belén, o me estoy volviendo loco o aquel tipo de allí nos está haciendo señas -advertí a mi mujer.
-No, no te estas volviendo loco. En efecto parece que quiere que vayamos hacia él -respondió esta.

Sin perder un momento nos acercamos con sigilo hacia donde se encontraba.

-Ustedes disculpen… lo que buscan yo sé donde está -dijo de repente aquel hombre de mirada reacia y aspecto desaliñado.
-¿Y quién es usted?
-Eso es lo de menos. Tengo algunas cuentas pendientes con esos desalmados y me he enterado que han estado ustedes preguntando en el hotel sobre ciertos lugares. Estoy seguro que tarde o temprano, alguien les pondrá los puntos sobre las ies. 
-Pues no sabe cuanto se lo agradecemos. Déjenos por favor un teléfono de contacto para poder gratificárselo de alguna manera.
-Si no les importa prefiero que las cosas se queden como están, si descubren que he sido yo podría tener problemas.

Y así quedó la cosa.

Con las descripciones que afortunadamente aquel hombre nos había dado, ahora encontrarla fue cosa fácil. Una vez allí, un telefonillo instalado en la entrada fue perfecto para nuestra primera toma de contacto.

-¿Sí?
-Hola buenos días, nos gustaría hablar con el responsable del lugar, venimos desde Madrid por recomendación de unos amigos.
-Espere un momento por favor.
-El tiempo pasaba y parecía que alli no iba a aparecer nadie. Pero el aparato sonó de nuevo.
-Si, hola buenos días, perdonen la espera, es que el Guarda no les conoce y ya saben como son estas cosas. ¿A quien buscaban por favor?.
-Como ya hemos dicho , venimos de Madrid por recomendación de unos amigos para conocer sus productos.
-Esperen un momento, bajo a abrirles.

El primer objetivo parecía que estaba conseguido, con lo que nuestro nivel de optimismo subió bastantes enteros. Se abrió la puerta, y si ya veníamos con un cierto grado de temor, aquel personaje más que tranquilizarnos aún lo acentuó más. De nariz prominente y mentón cuadrado vestía como si se hubiese escapado de una película de mafiosos: zapatos de punta, pantalón a rayas, camisa blanca y todo ello aderezado con un chalequillo de tela negra. De su voz ni hablemos.

-¡Buenos días! ¡pasen!, ¡pasen!.
-Hola buenos dias -contesté yo- esta es mi mujer Belén y yo soy Óscar. ¿con quién tenemos el gusto de hablar?
-Bruno, Bruno Solari.. Y dicen que vienen de parte de unos amigos ¿no es así?
-Sí, efectivamente.
-¿Y que amigos son estos?

La cuestión se complicaba.

-La verdad es que más que amigos eran amigos de amigos. En fin usted ya sabe. Y su nombre la verdad es que no lo recuerdo bien.
-Sí, sí claro, comprendo. ¿Y dicen que están interesados en nuestros productos?
-Bueno, vamos a ver que condiciones nos ponen.
-Ya, ya… pues si nos les importa esperar de nuevo, tengo que consultarlo con mi superior.
-Tranquilo, tenemos todo el tiempo del mundo -dije yo con una sonrisa forzada.

Y allí estábamos mi mujer y yo de nuevo esperando a ver que salía de todo aquello. Como vi que tenía intención de decirme algo, la hice callar con disimulo y acto seguido le pasé una nota:

¡CUIDADO CON LO QUE DICES, PUEDEN ESTAR ESCUCHÁNDONOS!

En ese preciso instante se abrió de nuevo la puerta y nuestro entrañable anfitrión apareció ahora con un aire extrañamente amable.
-Mis queridos amigos, me dice el señor Souto que en principio no habría ningún problema, pero que en este momento le es imposible. Si no les importa y pueden volver mañana, les atenderemos gustosamente.

-Estupendo, no hay problema, mañana a esta misma hora estaremos aquí. ¡Muchas gracias!

La puerta se cerró tras nosotros dejándonos la sensación de que efectivamente, allí se cocía algo raro.

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